Como un líquido denso que había entrado por mi oído, sus palabras brotaban sin coherencia ni piedad.
No había luces en mis sueños, solo viscosa oscuridad que, sigilosa, en silencio, me perseguía hasta despertar.
Nublaba mi vista, mis sentidos, me abrazaba hasta embriagar cada brizna de amor propio, cada ápice de dignidad.
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