viernes, 28 de enero de 2011

Simbolo

          La estufa me observaba desde la otra esquina de la habitación, encendida como de costumbre. No era muy grande, ni muy vieja, y una vez llevaba un rato encendida desprendía, no se muy bien como, un agradable olor a chimenea. Los hierros que cubrían sus placas estaban doblados y oxidados, y el plástico de su asa se había combado hace tiempo cuando la cubrí con la colcha accidentamente. Cuando llevaba mucho tiempo encendida se calentaba tanto que era imposible tocarla durante más de dos segundos.
          Mi madre me había preguntado ya en varias ocasiones por qué no la tiraba, pero yo sabía que no seria capaz de hacerlo: aquella estufa me había sido fiel desde el principio y había cumplido sus promesas. Me había acompañado las tardes lluviosas y había caldeado los días de otoño e invierno, me había visto leer, estudiar y me había hecho dormir.
          La semana anterior habían comprado una nueva e incluso me había planteado cambiarla, pero ahora que la veía allí, igual que siempre, supe que no podría hacerlo.

domingo, 23 de enero de 2011

Espera

          Hartos de oír siempre lo mismo, por lo menos yo lo estoy. Siempre hay que esperar para algo... Esperar para moverse, esperar para parar, esperar para hablar, esperar para ver, para sentir, para saborear... Esperar absolutamente para todo.
          Hay quienes dicen que eso no es cierto, que a veces tenemos lo que queremos en el momento, solo que no nos damos cuenta. Luego están los que dicen que la vida sin espera seria insoportable, que es esa espera la que nos hace mantener la esperanza, que la misma palabra lo dice... ¿Que que pienso yo? Puede que una mezcla de ambas, puede que ninguna de las dos, solo se que soy demasiado impaciente para esperar por todo. Puede que el truco este en esperar solo algunas cosas, no lo se, pero si es eso que alguien me diga como se consigue... aunque tenga que esperar para saberlo.

jueves, 20 de enero de 2011

vértigo

          Eso que sientes cuando te sientas frente a la hoja en blanco, esa especie de mareo como si estuvieses a punto de saltar desde la décima planta de un edificio, ese pánico irracional al que intentas buscar constantemente el sentido...
          Pero entonces escribes la primera palabra y empuja a todas las demás, animándolas, como si desde un principio hubiesen estado ahí, como si en realidad fuesen ellas las que tenían miedo y no tu.
          ¡Já! piensas con suficiencia, y te invade esa sensación de que al menos eres capaz de controlar una parte de tu vida. Es como si finalmente hubieses saltado desde esa atemorizante décima planta y hubieses caído de pie, y justo en ese momento el edificio que te sostenía, que considerabas tan seguro, se hubiese venido abajo.