viernes, 28 de enero de 2011

Simbolo

          La estufa me observaba desde la otra esquina de la habitación, encendida como de costumbre. No era muy grande, ni muy vieja, y una vez llevaba un rato encendida desprendía, no se muy bien como, un agradable olor a chimenea. Los hierros que cubrían sus placas estaban doblados y oxidados, y el plástico de su asa se había combado hace tiempo cuando la cubrí con la colcha accidentamente. Cuando llevaba mucho tiempo encendida se calentaba tanto que era imposible tocarla durante más de dos segundos.
          Mi madre me había preguntado ya en varias ocasiones por qué no la tiraba, pero yo sabía que no seria capaz de hacerlo: aquella estufa me había sido fiel desde el principio y había cumplido sus promesas. Me había acompañado las tardes lluviosas y había caldeado los días de otoño e invierno, me había visto leer, estudiar y me había hecho dormir.
          La semana anterior habían comprado una nueva e incluso me había planteado cambiarla, pero ahora que la veía allí, igual que siempre, supe que no podría hacerlo.

1 comentario:

  1. Guau, tu si que tienes imaginación.
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